sábado, 16 de mayo de 2026

🚧 ATERRIZAJE FORZOSO: La noche en que un desagüe cambió los planes

Por: Massiel Reyes-Lecont

Lo que comenzó como un día organizado de trabajo, para posteriormente ensayar y preparar una presentación musical terminó convirtiéndose en una experiencia tan absurda como aleccionadora. La intención era llegar temprano, afinar micrófonos, coordinar detalles técnicos y estar lista con suficiente tiempo antes de cantar esa noche. Todo transcurría dentro de la normalidad... Hasta que ocurrió.

Un paso mal colocado.
Un suelo traicionero. Y de repente:

🕳️ CLAAAKKKKK. CHUCUPLUUNN!

Mi pierna desapareció parcialmente dentro de un desagüe.

No hubo tiempo de reaccionar. Un paso en falso bastó para provocar lo que solo puede describirse como un aterrizaje forzoso hacia el sistema de drenaje urbano. El accidente ocurrió tan rápido que, por algunos segundos, ni mi hermana ni yo supimos exactamente cómo reaccionar. Ahí estaba yo, atrapada entre el suelo y el limbo, parcialmente absorbida por un desagüe como si la ciudad hubiese decidido reclamarme temporalmente e intentando comprender cómo había pasado de prepararme para cantar a convertirme, involuntariamente, en víctima de la infraestructura callejera. 

El episodio habría sido simplemente vergonzoso si no hubiese incluido un elemento adicional: aguas negras.

Sí. La experiencia fue completa.

Sin embargo, impulsada probablemente por la adrenalina y la necesidad de continuar con la actividad prevista, la reacción inmediata fue seguir adelante. Después del golpe, aún sin haber asimilado completamente lo sucedido, me ayudaron a limpiarme, me cambié de ropa, sustituí los zapatos pues quedaron prácticamente destruidos y continué rumbo a la presentación.

Y canté.

Esa noche logré cumplir con el compromiso, aunque el cuerpo todavía no había emitido el reporte oficial de daños. La verdadera factura llegó al día siguiente.

Entonces aparecieron las consecuencias reales del accidente: fuertes contusiones entre rodilla, tobillo, pie y pierna, acompañadas de dolor intenso y una inmovilización obligatoria por varias semanas. Lo que en el momento pareció un susto controlable terminó convirtiéndose en un descanso impuesto por el propio cuerpo.

El verdadero milagro de esta historia no fue únicamente salir del desagüe sin consecuencias graves. También fue que no había público, que no terminé gravemente lesionada y que hoy puedo contarlo entre risas.

La experiencia deja una reflexión inevitable sobre el ritmo acelerado con el que muchas personas viven diariamente. Entre compromisos, trabajo, responsabilidades y actividades, se vuelve común ignorar el cansancio físico y mental, convencidos de que siempre hay algo más urgente por resolver.

Hasta que algo obliga a detenerse.

A veces es el agotamiento.
A veces el estrés.
Y otras veces, inesperadamente, un desagüe.

Aunque hoy la historia provoca risa —especialmente al recordar el zapato destruido, el desconcierto inicial y la extraña capacidad humana de seguir funcionando después de un accidente—, también sirve como recordatorio de que el cuerpo tiene límites y eventualmente encuentra la manera de reclamarnos pausa.

Actualmente, la recuperación avanza entre reposo obligatorio, movilidad reducida y el desarrollo de una desconfianza profunda hacia cualquier tapa metálica en las calles. Ahora camino observando el suelo con la concentración de un inspector de obras públicas.

Porque después de una experiencia así, uno aprende dos cosas fundamentales: a mirar mejor por dónde camina y a entender que incluso los aterrizajes más absurdos pueden traer consigo una lección necesaria.

Y na', cada vez que recuerdo la escena, lo que más risa me da no es la caída.

Es escuchar nuevamente la voz seria de mi hermana diciendo:

— “Oh, oh… hermana, ¿y qué pasó?” 

viernes, 19 de diciembre de 2025

LOS JUECES DEL COLMADO DIGITAL

Por: Massiel Reyes-Lecont

En este país hay una institución paralela que funciona mejor que muchas oficiales: el tribunal de la opinión pública. No tiene edificio, pero opera 24/7. No exige pruebas, pero sí conclusiones. Y no investiga… interpreta. Aquí basta con un “yo oí” o un “eso se ve raro” para dictar sentencia definitiva, sin defensa ni réplica.

Porque la difamación criolla no es malintencionada —según quien la practica—, es “preocupación genuina”. Empieza suave: “Yo no estoy diciendo nada, pero…” y termina con una biografía completa del acusado, incluyendo intenciones ocultas, errores pasados , futuros y una condena moral que nadie solicitó. Todo eso sin haber cruzado una sola palabra con el protagonista de la historia.

El problema es que en este juicio nadie quiere el cuento completo. El cuento completo cansa, exige atención, tiene matices y zonas grises. Mucho más cómodo es quedarse con el resumen mal contado: una foto fuera de contexto, un silencio malinterpretado, una sonrisa que no combinaba con la expectativa colectiva. Y así se arma una novela intensa… escrita por gente que solo leyó el título.

Aquí se juzga como quien prueba un sancocho con una cucharada fría y decide que quedó malo. No importa si el fuego estaba bajo, si faltaban minutos o si la receta no era para ese paladar. El veredicto es inmediato y, por supuesto, compartible con entusiasmo.

La ironía está en que muchos de estos jueces se sienten moralmente invencibles, como si la vida nunca fuera a ponerlos en una esquina parecida. Hablan con la seguridad del que cree que siempre haría “lo correcto”, sin considerar que la vida real no viene con instrucciones claras ni decisiones cómodas.

Mientras tanto, al acusado se le exige explicación pública, comunicado emocional y justificación detallada. Porque ahora parece que todo el mundo cree tener derecho a entender procesos ajenos, aunque no haya preguntado con respeto ni escuchado con verdadera intención.

Lo que suele olvidarse —y aquí se baja un poco la risa— es que la gente carga batallas que no se publican. Hay silencios que son autocuidado, decisiones que son supervivencia y pausas que no necesitan permiso colectivo.

Así que la próxima vez que llegue el chisme caliente, recién sacado del colmado digital, quizá convenga bajar la cuchara, guardar el martillo imaginario y recordar algo simple: sin el cuento completo, lo único completo es la imaginación.

Y al final, como siempre pasa, el tiempo —ese juez callado y paciente— termina poniendo a cada quien en su lugar, sin necesidad de comentarios ni sentencias improvisadas.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

EL DOBLE SUELDO: ese dinero que no ha llegado, pero ya se fue

Por: Massiel Reyes-Lecont

Si existe un fenómeno digno de estudio científico en República Dominicana —además del tráfico de las 5:00 p. m. en la Kennedy— es el doble sueldo. Ese dinerito navideño que, por ley, todos deberíamos recibir… pero que, por alguna razón universal y misteriosa, se evapora antes de caer en la cuenta. “Tú lo ves venir”, dices tú. Pero no. Eso es un espejismo. 

Porque seamos sinceros: el doble sueldo es como ese tío que promete que va a ir a la cena familiar, pero nunca llega… y aun así tú guardas el pastel en hoja. Uno se emociona, hace planes, saca cuentas, pero cuando vienes a ver ya está comprometido con tres tandas de deudas, dos regalitos, un intercambio y una cena que todavía ni has olido.

Y ahí no quedan los fenómenos. Este año, los emprendedores también se sumaron a la tendencia nacional: gastar un dinero que no existe aún. Tú ves a la emprendedora diciendo: “Cuando entre el doble sueldo voy a comprar inventario nuevo”. Mi amor, ¿qué doble sueldo? Si tú eres tu propia jefa. ¿Quién te lo va a pagar? ¿El espíritu emprendedor Santo?

Y todavía más interesante: la gente jura que el doble sueldo viene “pesao este año”. ¡Sí, pesao de compromisos! Porque en noviembre tú lo sueñas, en diciembre tú lo esperas, pero a mediados del mes, y cuidao', tú estás como los memes: “Todavía no me ha pagado, pero ya debo cinco mil del doble sueldo”.

Mientras tanto, los bancos y las tarjetas de crédito están en su mejor época del año. Ellos sí están preparados para la Navidad. Ellos sí saben que tu doble sueldo no existe. De hecho, ellos trabajan bajo una premisa eterna: tu doble sueldo es nuestro. Lo tuyo es el recibo.

Y aun así, seguimos con el mismo ciclo:
—«Este año no me voy a volver loco gastando».
Ahí mismo suena un Black Friday, dos especiales, una rifa y un “por tiempo limitado”. Y tú, que eres fuerte y valiente, caes. Porque a veces uno no compra por necesidad… uno compra por deporte aunque al final terminemos todos preguntando lo mismo:

“¿Y en qué fue que se me fue el doble sueldo?”

Respuesta corta: en la vida.
Respuesta larga: en ser dominicano en diciembre.

Así que, si este año tu doble sueldo ya está gastado sin haber llegado, no te mortifiques. No estás solo. Estás en comunidad. En tradición. En patrimonio cultural inmaterial.

Porque, al final, el doble sueldo es eso:
Un mito real.
Un dinero imaginario.
Una esperanza económica con fecha de vencimiento.

Y aun así, ¡bendito sea! Porque aunque no lo veamos… todos, absolutamente TODOS, ya lo gastamos. O al menos ya tenemos pensado en que gastarlo.

jueves, 27 de noviembre de 2025

EL PROBLEMA NO ES EL TRABAJO: Es el “para ayer” P E R M A N E N T E

Por : Massiel Reyes-Lecont 

Vamos a decirlo sin tanto rodeo: la gente no se quema por trabajar. No, señor. Si fuera por trabajar, este país tuviera más gente brillando que una vitrina de Navidad. Lo que quema es otra cosa: la improvisación crónica, esa enfermedad silenciosa que hace que las oficinas funcionen como si cada día fuera un episodio nuevo de una serie donde todos improvisan el guion.

Porque trabajo duro no es igual a caos disfrazado de compromiso. Y nosotros, caribeños por naturaleza, tenemos un talento para el “resuelve” que a veces funciona… hasta que deja de funcionar. Hasta que el famoso Excel aparece a las 11 p. m. como si fuera un fantasma que viene a recordarte tus decisiones de vida. Hasta que el “es para ayer” se convierte en la frase oficial del año. Y no te confundas: nadie pidió que fuera para ayer; simplemente nadie lo planeó.

Ahí es que empieza el burnout: no en la tarea, sino en la falta de dirección. No en el esfuerzo, sino en ese eterno bombero emocional que uno tiene que activar para apagar fuegos que ni siquiera prendió. Y cuando esa rutina se normaliza, cuando el caos se institucionaliza como si fuera una tradición laboral más, algo se rompe. Y lo que se rompe, casi siempre, es la gente.

Porque la cultura del drama —ese cortisol corporativo que se respira desde el pasillo— termina empujando al talento en dos direcciones: o se va, o se apaga. Así, sin intermedio. Y perder talento no es solo un problema de recursos humanos; es un problema de futuro. De competitividad. De calidad.

Vamos a admitirlo: trabajar no es el problema. El problema es trabajar sin planificación, sin claridad, sin respeto al tiempo (propio y ajeno), sin procesos que funcionen más allá de la buena voluntad del día. El problema es que algunos lugares confunden urgencia con productividad, estrés con eficiencia y sacrificio con excelencia.

La buena noticia es que esto tiene remedio. Y no, no es el yoga de los viernes ni el cafecito motivacional que ponen en la mesa de reuniones. Lo que cura el agotamiento no es la frase bonita en la pared, es la organización. Es tener metas claras, roles definidos, procesos reales y deadlines que no provoquen que el alma quiera salirse por el oído.

Porque cuando el trabajo tiene estructura, la creatividad florece. Cuando hay planificación, la gente respira. Cuando hay orden, el talento se queda… y brilla.

El reto no es trabajar menos. El reto es trabajar mejor.
Y quizá, solo quizá, dejar de pedir “para ayer” lo que nunca se planificó para hoy.

Inspirado en una publicación escrita por Iris Reyna,Entrenadora de Líderes, Mentora y Consultora en Cultura Organizacional, que vi mientras navegaba por LinkedIn. Foto incluida.

martes, 25 de noviembre de 2025

CUANDO EL 'TE AMO' VIENE CON GPS Y CONTRASEÑA

Por: Massiel Reyes-Lecont 

Dicen que el amor es lindo, suavecito, como una brisita en Punta Cana a las cinco de la tarde. Pero ay, mi amor… si tú supieras la cantidad de cosas que nos han vendido como “románticas” cuando en realidad son más tóxicas que un jugo verde hecho con cilantro, molondrón, limón y malas decisiones. Hoy venimos con humor —porque la verdad duele menos cuando uno se ríe— a hablar de lo que NO es amor, pero que muchísima gente deja pasar, normaliza o hasta celebra. Y entre chiste y chiste, quizá alguien se reconoce y decide no renovar esa suscripción emocional que tanto le ha costado.

Por ejemplo, eso de “sin ti no soy nada” suena precioso en canciones, pero en la vida real es una señal roja con luces LED y bocinas de emergencia. No es romántico que alguien necesite perder su identidad para demostrar que te ama; eso no es amor, es dependencia emocional con disfraz poético. El amor sano dice: “Contigo soy más, pero sin ti también puedo ser”. Y punto.

Otro clásico del paquete tóxico es el famoso “me cela porque me quiere”. Ajá, claro… y yo soy astronauta porque subí a la azotea. Los celos no son una prueba de amor, son inseguridades con ropa de gala. Cuando alguien quiere controlar a quién ves, qué posteas, con quién hablas o qué tan feliz te ves sin él, eso no es cariño: es vigilancia emocional. Y la vigilancia, mi vida, no enamora a nadie.

También está esa frase que tantas novelas han arruinado: “Él/ella es así, pero en el fondo me ama”. Mira… el fondo es donde se hunden los barcos. Justificar gritos, silencios eternos, desplantes o humillaciones porque “tiene un carácter fuerte” es hacerse el loco profesionalmente. Si algo te hace daño, no es carácter. Si te duele, no es amor. Si hay que explicarlo todos los días, no funciona.

Y ni hablar del “se molesta si salgo sin avisarle… porque se preocupa”. La preocupación genuina pregunta: “¿Llegaste bien?”. El control, en cambio, exige reportes adelantados, fotos del sitio y el listado de quién estaba ahí. Una persona que te ama quiere que vivas, no que pidas permiso para existir; te acompaña, no te encierra.

Y, por supuesto, está el cuento de que “él/ella me quiere tanto que no soporta que otros me miren”. Si alguien quiere esconderte del mundo, taparte la luz o mantenerte chiquito para sentirse seguro, eso no es amor: es miedo a que otro te trate como mereces. El amor de verdad no te apaga; te aplaude.

Bromas aparte, este tema es serio. Entre refranes dominicanos y risitas nerviosas, hay una verdad que necesitamos masticar: muchas conductas dañinas se disfrazan de amor, y por costumbre, miedo o soledad, las aceptamos como parte del paquete. Pero el amor —el bueno, el verdadero, el que no necesita drama para sentirse intenso— no te lastima, no te drena, no te achica.

El amor no se sufre: se vive. Lo que duele, lo que asfixia, lo que humilla, lo que te hace sentir menos… eso no es amor, por más canciones que lo digan, por más excusas que inventemos. Así que hoy, entre risas, reflexionemos un chin. Revisemos nuestros vínculos con un poquito más de cariño hacia nosotros mismos. Porque al final del día, el amor empieza donde uno se respeta.

martes, 11 de noviembre de 2025

SE FUE LA LU'

por Massiel Reyes Leconte 

Se fue la lú. Así, sin previo aviso, sin pedir permiso y sin dejar ni una cartita en la nevera. A plena tarde, la República Dominicana entera se quedó en modo “ahora sí estamos en apagón nacional”. Y no un apagón cualquiera, no. Este vino con estilo: paralizó el metro, dejó al teleférico colgando en el aire y convirtió a Santo Domingo en una coreografía de bocinas, sudor y paciencia.

El metro, tan puntual y orgulloso de su eficiencia, se quedó plantado en mitad del túnel. Los pasajeros miraban las puertas cerradas como quien mira el futuro incierto: oscuro y caluroso. Algunos se rieron, otros rezaron, y uno que otro ya calculaba si le daba tiempo a llegar caminando. Mientras tanto, el teleférico —ese que presume de vistas espectaculares— se convirtió en balcón improvisado, con gente colgando entre cielo y tierra, contemplando la ciudad con un humor que solo da el susto compartido.

Afuera, el caos fue el mismo, pero con banda sonora de bocinas. Los semáforos decidieron tomarse el día libre, y en cada esquina los carros se miraban como gallos en pelea: “¿Paso yo o pasas tú?”. El que más pitaba era el que menos se movía. Y por si fuera poco, las paradas se llenaron de gente buscando carrito, con filas que daban la vuelta a la manzana. “Tú ve, cuando uno más lo necesita, el carrito se hace invisible”, decía una doña con el moño amarrado y el cartoncito en la mano.

Mientras tanto, los precios de Uber y las aplicaciones de transporte se dispararon como cohete de Año Nuevo. “Tasa dinámica, mi amor”, le decía el chofer a una muchacha que, entre resignada y divertida, veía cómo un viaje de 200 pesos se convertía en 800 en cuestión de segundos. Y como si fuera poco, el calor no perdonaba, porque el apagón decidió venir con combo completo: sin luz, sin brisa y sin paciencia.

Pero más allá del relajo, el apagón dejó una pregunta flotando en el aire: ¿qué tan preparado está nuestro país para cuando la tecnología dice ‘me cansé’? Porque en un segundo pasamos de ser la ciudad moderna del Caribe a un gran juego de dominó a oscuras. Y aunque el dominicano siempre se las ingenia —porque si no hay luz, hay velas; si no hay velas, hay celular; y si no hay batería, pues se charla—, lo cierto es que la dependencia del “clic” nos pasa factura.

Aun así, no faltó quien se lo tomara con humor. En las redes llovían los memes: “Se fue la lú, pero el calor se quedó”; “El teleférico ahora es un columpio nacional”; “En el metro, la conversación fluyó más que el tren”. Porque si algo tiene este país, es la habilidad de reírse hasta de la desgracia.

Pero ya el tema estaba servido: el apagón se volvió trending, la gente con historias para contar, y el país recordando que, al final, el dominicano no se apaga ni aunque se vaya la luz.

Porque aquí, mi hermano, la lú se va, pero la chispa… esa nunca se apaga.


jueves, 23 de octubre de 2025

¿ASOPAO O SANCOCHO?: el pleito nacional de los días grises

Por Massiel Reyes Leconte

Cuando el cielo se pone gris y el aguacero comienza a cantar en los techos, el dominicano promedio no piensa en paraguas ni en charcos: piensa en comida caliente y con cariño. Porque aquí, querido lector, cada gota de lluvia trae consigo un antojo ancestral que nos divide como nación: ¿sancocho o asopao?

Hay quienes dicen que el sancocho es el rey indiscutible de los días lluviosos: siete carnes, humo saliendo del caldero, y ese olor que llega hasta la esquina del colmado. Es un plato de respeto, de compromiso, casi una ceremonia. Pero, ojo, no se puede hacer un sancocho de un día pa’ otro ni con la despensa vacía; eso necesita planificación, grupo de WhatsApp, y por lo menos una doña con tubi o anchoitas que supervise el sazón.

Por otro lado, está el asopao, ese héroe humilde que aparece cuando no hay tiempo ni presupuesto para la pompa del sancocho. El asopao es versátil, democrático, y rápido: con pollo, camarones o lo que aparezca, resuelve con dignidad y sin tanto papeleo culinario. El asopao es el amigo que te dice: “no te preocupes, yo te acompaño en esta lluvia aunque sea con pan”.

Pero en lo que todos estamos de acuerdo —y esto no se discute— es que ninguno de los dos sirve sin aguacate. Eso es un delito a la patria. Porque el aguacate no es acompañamiento, es protagonista, árbitro, y testigo de toda comida que se respete.
Un dominicano puede aceptar un asopao sin pollo o un sancocho sin víveres, pero sin aguacate no hay perdón ni excusa.

Detrás de este dilema gastronómico también hay una lección sobre nosotros: cómo enfrentamos las lluvias. Mientras en otros países la gente se encierra y se queja, aquí convertimos el aguacero en excusa para reunirnos, prender la estufa y compartir.

Así que, ya que está lloviendo, no discutas mucho. Busca tu caldero, llama a los tuyos, y prepárate para el verdadero debate nacional:
“¿Quién trajo el aguacate?”

martes, 21 de octubre de 2025

ANUNCIARON AGUA… ¡Y SE ACABÓ EL PAN!

Por: Massiel Reyes-Lecont

Querido lector, si usted quiere ver el verdadero espíritu de supervivencia del dominicano, no vaya a un concierto gratis, a una paca los lunes con “todo a 25”, ni a INESPRE a comprar víveres baratos: espérese a que anuncien vaguada. 

Ese día, los supermercados se convierten en una mezcla de película de acción, reality show y romería colectiva donde todos, absolutamente todos, descubrimos el deseo incontenible de comprar raciones abundantes de pan, leche, chocolate y papel de baño… aunque vivamos solos, sin nevera y sin problemas estomacales.

No importa si es tormenta, una simple vaguada o un “fenómeno en observación”, el dominicano oye “agua” y activa el modo pánico nivel 220 voltios. Es como si la voz del COE tuviera un botón invisible que despierta el instinto primitivo de llenar carritos.

Cuando anuncian agua, hay una tradición no escrita en donde el pan, el chocolate y la leche se vuelven artículos de primera salvación. No importa si usted es intolerante a la lactosa o está haciendo dieta keto: va a comprar pan, chocolate y leche.
Y si el supermercado se queda sin pan, el dominicano se indigna:
—¿Cómo que no hay pan?
Y ahí arranca el debate entre desconocidos en el pasillo, opinando como meteorólogos y panaderos certificados por ChatGPT.

Hay un fenómeno más. No hay explicación lógica, pero el papel de baño se ha convertido en símbolo nacional de previsión. Ni Freud ni la NASA han podido descifrar por qué, cada vez que anuncian lluvia, el dominicano siente la necesidad urgente de abastecerse como si fuera un artículo de primera supervivencia. Uno pensaría que lo sensato sería comprar velas o baterías, pero no: el dominicano prefiere morir limpio, aunque sea sin luz.

Lo que demuestra este fenómeno es que al dominicano no le gusta que lo agarren desprevenido. Somos gente previsora, protectora, que cuida a los suyos. Cuando anuncian agua, detrás del corre corre y las risas, hay una verdad profunda: queremos sentirnos listos, aunque sea con una funda de pan y dos cartones de leche. Ah, y el chocolate.

Porque, al final, el dominicano es así: exagera, improvisa, se ríe en medio del caos y, aun con el carrito lleno y el cielo gris, dice con una sonrisa:

—Tranquilo, que si el COE dijo que va a llover, no va a llover na’... pero por si acaso, yo ya toy’ li’to.

EL COE NO HA HABLADO, PERO YA HICIMOS EL COCOTE


Querido lector, no hay nada que despierte más esperanzas en el corazón del dominicano que la frase: “El COE está en sesión permanente”. A partir de ahí, el país se detiene. La gente no duerme, los grupos de WhatsApp reviven, y el pronóstico del tiempo se convierte en tema de Estado. No sabemos si va a llover… pero el cocote ya está hecho. 

Desde que el cielo se pone gris, uno siente la vibra. El dominicano entra en modo expectativa nacional: “¿Y tú crees que suspendan mañana?”, “Dicen que el río está subiendo”, “Vi un video en TikTok que parece el Diluvio Universal en La India”… y ya con eso basta para prender la esperanza colectiva de un día libre en RD.

El proceso es casi religioso. Primero, revisamos las redes sociales buscando cualquier declaración del Ministerio de Educación, Ministerio de Trabajo o del COE. Si no hay nada oficial, pasamos al segundo nivel: el amigo que “tiene un primo” que trabaja en el ministerio. Ese primo, que nadie ha visto, se convierte en nuestra fuente de confianza.

Después llega la frase mágica: “Me dijeron que lo van a anunciar en la noche.”

Y ahí no hay quien duerma. Los padres, los estudiantes y hasta los profesores se acuestan con la ropa lista para cualquier escenario: pijama o pantalón largo, dependiendo del decreto.

Y si anuncian suspensión… ¡Alegría nacional! El dominicano despierta feliz, abre la ventana, ve el cielo despejado y dice con toda convicción: “Gracias a Dios que suspendieron, porque tú sabes que la cosa se podía poner fea.”

Y aunque no caiga ni una gota, ya hay sancochos en preparación, Netflix encendido y gente diciendo que “mejor prevenir que lamentar”. Somos un pueblo previsivo… sobre todo cuando se trata de acatar ordenes tras suspensión laboral o docencia. Lo grande es que si el día está soleado, entonces el país entero se siente engañado. El dominicano no perdona el cocote roto. Nos duele más que un apagón en medio de una serie.

Pero si no suspenden… Ahí viene el drama. El cielo se cae, las calles se inundan, el tránsito se vuelve un caos, o mas caos, y todos decimos en coro: “¿Y por qué no suspendieron, Dios mío?”

Detrás del humor, hay algo muy nuestro: la necesidad de pausa, de descanso, de un respiro en medio del corre corre. Tal vez por eso, cada vez que llueve o se anuncia una vaguada, nuestro subconsciente colectivo pide tregua. No es flojera —bueno, tal vez un poquito—, es el deseo de bajarle el ritmo a la vida, aunque sea con una excusa climática.

Y ahí vamos, mirando el cielo y esperando el decreto como quien espera el toque de queda del descanso. No se trata solo de lluvia, se trata de esperanza: la esperanza de que, entre tanto tráfico, cansancio y calor, alguien nos diga que podemos pausar un día sin culpa.

Si no llega el decreto, al menos que llegue el fresquito... y si llega el cocote, que nos agarre con el sancocho hecho y una mantica encima.

martes, 14 de octubre de 2025

ENTRE EL MORO Y LA MOTIVACIÓN: crónica de una dieta dominicana

Por: Massiel Reyes-Lecont  

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde… pero en el caso de la dieta, parece que la encontramos cada domingo en la noche, justo después de comernos “el último pedacito” de bizcocho. Ese pedacito que, según uno, no cuenta, porque ya la decisión está tomada: “El lunes empiezo mi dieta”. Lo que no se aclara es de cuál lunes estamos hablando… ¿el próximo, el del mes que viene o el del año electoral?

En República Dominicana, querido lector, la dieta es casi una tradición cultural. Se promete con la misma solemnidad que un voto en campaña: con fe, emoción y sin plan. El dominicano no dice “voy a comer más saludable”, dice “el lunes me pongo pa’ eso”, como quien anuncia un cambio de vida radical. Ese lunes, claro está, amanece con un desayuno de avena, sin azúcar y buena intención… pero al mediodía, alguien grita:

“¡Vamos a pedir una picadera, que hoy es lunes y el cuerpo necesita ánimo pa' la semana!”

Y ahí se fue la fibra y la fuerza de voluntad.

El problema no es la comida, es la memoria histórica del sazón. Porque ¿cómo uno va a decirle que no a un pollito frito con su moro y su taja' de aguacate y plátano maduro frito? ¡Eso es un atentado patriótico! Y ni hablar de los viernes de chicharrón, o los cumpleaños de la oficina donde el pastelito “se ve tan chiquito que no engorda”.

Además, aquí cualquier dieta se pone en peligro con una sola frase:

“Tú no vas a probar un chin, ni por educación.”
Y ya sabemos que en este país, rechazar comida es mala educación.

La verdad es que el bienestar, más que dieta o gimnasio, es equilibrio. Y en eso el dominicano es experto: puede comerse un plato de yuca con huevo y acompañarlo con un jugo verde “pa’ balancear”. Somos un pueblo que le pone humor hasta a las culpas. Porque cuando fallamos, no decimos “rompí la dieta”. Decimos: “No, eso fue un desliz calórico, mañana hago 16 horas de ayuno y sigo.”

Más allá de las risas, cuidar el cuerpo no debería sentirse como un castigo, sino como una forma de amor propio. Comer mejor, moverse más y descansar también son maneras de quererse. Así que sí, la dieta puede empezar el lunes… o el jueves… o cualquier día en que uno decida ponerse en primer lugar. 

Pero mientras llega ese lunes perfecto —que a veces tarda más que el metro en hora pico—, si le sirven un locrio e' pollo humeante con su pedacito de aguacate, y con con, cómalo sin culpa y con gratitud.

Porque, al final, la vida no solo se vive… se saborea, se disfruta y, si tiene sazón, se repite.

viernes, 10 de octubre de 2025

ESPERANDO UN MILAGRO SIN MOVERSE (spoiler: no funciona)

Por Massiel Reyes-Lecont

En este país somos expertos en decir que “todo está en manos de Dios”, pero a veces se nos olvida que Dios no trabaja con gente vaga. Queremos resultados diferentes, pero seguimos haciendo lo mismo desde hace años, con la esperanza de que un día amanezca y la vida mágicamente se arregle, como si fuera por decreto celestial.

El miedo es el verdadero jefe silencioso de medio mundo. No aparece en nómina, pero dirige muchas decisiones. Es ese personaje que te susurra: “no te muevas, y si te mueves, que sea poquito”. Se disfraza de prudencia, de sensatez, de “yo estoy esperando el momento perfecto”. Y así, entre una oración, una excusa y otra taza de café, se te van los años esperando sentirte listo… mientras la vida pasa de largo, como el carrito de los helados cuando tú no tienes menudo.

Mira, el miedo no se va. Uno aprende a vivir con él, como quien aprende a convivir con un vecino ruidoso: te molesta, pero ya ni caso le haces. La diferencia está en que algunos se dejan dominar, y otros se levantan y dicen: “sí, tengo miedo, pero me muevo igual”. Porque el miedo no se vence quedándote quieto; se vence caminando con las piernas temblando.

Y no me malinterpretes, la fe es importante. Pero hay gente que usa la fe como sofá: se sientan a esperar que Dios les resuelva. “Estoy confiando en el Señor”, dicen, mientras no mueven ni un dedo. Hermano, hermana: la fe sin obra es muerta, y tú sin acción estás en coma.

Dios puede abrirte la puerta, pero tú tienes que empujarla.
Puede darte alas, pero tú tienes que atreverte a volar.
Puede mostrarte el camino, pero tú tienes que soltar el miedo al GPS.

Hay personas que siguen en el mismo trabajo que detestan, en la misma relación que los drena, en la misma rutina que los apaga… y cuando uno les pregunta por qué no hacen algo diferente, responden: “Bueno, tú sabes… hay que esperar el tiempo de Dios.” Y sí, el tiempo de Dios es perfecto, pero si Él te manda señales y tú sigues mirando para otro lado, ya eso no es fe, es terquedad con biblia en mano.

El cambio da miedo, claro que sí. Pero más miedo debería darte quedarte en un sitio donde te estás marchitando en silencio. Lo nuevo asusta, pero lo viejo que ya no sirve también. Así que si vas a tener miedo, al menos que sea por algo que te haga crecer.

La vida no mejora con un “amén” y un sticker de WhatsApp que diga “Dios tiene el control”. Mejora cuando tú también tomas el control de lo que te toca. Ora, confía, pero también muévete. No ores por un cambio si no estás dispuesto a mojarte los pies.

Si estabas esperando una señal del cielo para hacer ese movimiento, aquí está: levántate y arranca. Con miedo, con temblores, con dudas… pero muévete.
Porque, al final, los milagros no llegan a los que esperan sentados, sino a los que caminan aunque no vean el camino completo.

Así que sí, ten fe, pero recuerda:
Dios mueve montañas, sí… pero tú, mi amor, tienes que mover los pies. Porque los milagros no llegan por delivery.


miércoles, 8 de octubre de 2025

TU EMPLEO NO ES TU CRUZ: cuando trabajar se vuelve sobrevivir

Por Massiel Reyes Leconte

Hay trabajos donde uno se siente útil, valorado, con propósito. Y hay otros… donde el mayor logro del día es no lanzar la computadora por la ventana.

Si últimamente has desarrollado una relación de odio pasivo con tu escritorio, si suspiras mirando el reloj a las 9:07 a.m. y piensas “¿cómo es posible que aún falten ocho horas?”, felicidades: estás experimentando los primeros síntomas de la depresión laboral, esa mezcla entre cansancio, frustración y ganas de desaparecer por una temporada “sin goce de sueldo”.

No hace falta un diagnóstico clínico para saberlo: cuando el cuerpo llega arrastrándose al trabajo y el alma se queda en casa viendo series, algo no anda bien.

De repente, el café ya no levanta. Las reuniones parecen capítulos de una serie que nunca termina. Tu jefe repite las mismas frases motivacionales y tú solo piensas:

“Si la motivación fuera dinero, aquí todos estaríamos quebrados.”

Y ahí estás tú, fingiendo interés mientras por dentro ensayas tu discurso de renuncia entre PowerPoints y planillas de Excel.

Tu sonrisa de oficina se activa solo por reflejo, como el Wi-Fi.
El olor del comedor te genera respuestas emocionales negativas.
Tus frases más usadas son: “¿Qué día es hoy?” "¿Falta mucho pal' cobro? ¿Cuanto faltan pa' la 5:00pm?
Cuando te preguntan “¿cómo estás?”, respondes “aquí… sobreviviendo”.
Y empiezas a pensar que el sonido de las notificaciones del correo debería venir con advertencia sanitaria.

Si te sientes identificado, tranquilo, no estás roto. Estás listo para un cambio.

Nos enseñaron que hay que aguantar. Que “el trabajo es el trabajo” y que la estabilidad es lo más importante. Pero seamos honestos: ¿de qué sirve la estabilidad si lo que está estable es tu ansiedad?

Renunciar no es rendirse. Es reconocer que mereces estar donde no tengas que usar tu energía vital solo para no explotar.
A veces el cuerpo grita lo que el correo no se atreve a decir:

“Ya no puedo con esto.”

Y está bien. Se vale cerrar etapas, archivar capítulos, y hasta dejar plantado al estrés con una carta de renuncia en la mano.

Una vez que te atreves a soltar, pasa algo curioso: El aire se siente más liviano.
El lunes deja de ser una amenaza Y hasta el café vuelve a saber rico. No, no es magia. Es paz. Y esa no la venden en Recursos Humanos.

La depresión laboral no es flojera ni drama: es un grito silencioso de agotamiento. Es lo que pasa cuando damos más de lo que tenemos, durante demasiado tiempo, en un entorno donde lo emocional se ignora “porque hay que cumplir”.

Por eso, si el trabajo ya no te suma, no esperes a que te reste la salud.
El cambio puede asustar, pero quedarse donde no floreces termina marchitándote.

Así que, si estás dudando entre otro lunes gris o una nueva historia, recuerda:

No todo lo que se pierde es un empleo.
A veces "perder" el trabajo es la forma más elegante de ganarte a ti mismo.

El cambio puede doler… pero quedarse donde no hay vida, duele más.
Así que, antes de tomar otro café o mandar otro correo con cara de “estoy bien”, hazte la pregunta clave: “¿Esto me suma o me apaga?”

Si la respuesta es “me apaga”, ya sabes lo que toca: encenderte tú. 


jueves, 2 de octubre de 2025

SE BUSCA EMPLEADO: joven con 10 años de experiencia, doctorado en la NASA y disponibilidad para cobrar $15,000

Por: Massiel Reyes-Lecont  

En la República Dominicana hemos llegado a un punto mágico, casi místico, en el mercado laboral. Usted abre cualquier portal de empleo y se encuentra con la maravilla: “Se solicita joven recién graduado con mínimo 10 años de experiencia, maestría en Harvard, doctorado en la NASA, inglés nativo, francés intermedio, mandarín avanzado y disponibilidad inmediata… salario: $15,000.”

¡Ah, pero eso sí! Debe ser proactivo, innovador, resiliente, líder natural, con carro propio, dispuesto a viajar, aguantar jefes con mal humor y, de paso, servir de community manager gratis.

Uno se pregunta, ¿en qué momento nos convertimos en un país que exige superhéroes corporativos y paga como si fueran pasantes?

Lo jocoso es que al final, esas ofertas parecen más un episodio de comedia que una oportunidad laboral seria. Es como si a un joven de 18 años le pidieran haber trabajado desde el vientre materno, con un teclado en la mano y un diploma en el sonograma.

Y no es que el dominicano no tenga talento —¡lo que sobra aquí es talento, creatividad y ganas de echar pa’ lante!—. El problema es que el sistema está diseñado para desmotivar: piden lo imposible y pagan lo risible.

Mientras tanto, los muchachos que sueñan con crecer en su carrera se topan con la gran contradicción: para conseguir experiencia necesitas un trabajo, pero para conseguir el trabajo necesitas experiencia. ¿Entonces? ¿Quién fue primero, el huevo o el empleo?

Lo cierto es que este fenómeno merece reflexión. Porque si seguimos con esta práctica absurda, lo único que lograremos es exportar talento: jóvenes que, cansados de ser tratados como “superhéroes de bajo costo”, se van a países donde valoren sus capacidades y les paguen acorde.

Lo positivo es que el Ministerio de Trabajo regula este tipo de anuncios de empleo, exigiendo que las vacantes incluyan requisitos más realistas y salarios justos. Una medida necesaria que, aunque tenga mucho camino por recorrer, puede ser el primer paso para dignificar las oportunidades laborales en el país y evitar que las empresas sigan jugando a la 'ruleta rusa' con los sueños de los jóvenes.

Al final, el verdadero reto no es que un joven de 20 años tenga 10 de experiencia, sino que las empresas entiendan que la experiencia se construye con oportunidades, y que la inversión en la gente siempre regresa multiplicada.

Mientras tanto, nosotros, desde el banquito, seguiremos riéndonos con los anuncios de empleo, que parecen escritos por productores de humor: “Se busca empleado multitask, pero con sueldo monotask.”

 Y usted, ¿cuál ha sido la oferta de empleo más absurda que se ha encontrado? ¿Ha visto algún requisito que le sacó la risa o el pique? Cuéntemelo en los comentarios, que entre todos armamos la “bolsa de empleos imposibles” versión dominicana.


lunes, 29 de septiembre de 2025

Crezca en su trabajo sin ser JALAMECATE

En cada oficina hay su fauna laboral: el que siempre llega con café en la mano “de gratis”, el que tiene la risa floja para cada chiste del jefe, el que se ofrece voluntario para todo (hasta para soplar el bizcocho de cumpleaños del gerente), y claro, el que se pasa el día buscando cómo brillar… aunque sea apagándole la luz al compañero de al lado. 

Aquí entre nosotros: ¿es obligatorio ser jalamecate para crecer en el trabajo? No, mi hermano. Esa estrategia da resultado, sí, pero dura menos que un pote de yogurt abierto en la nevera. El jalamecate crece rápido, pero como yerba mala: sin raíz y con fecha de vencimiento.

La otra cara de la moneda es igual de peligrosa: el que para subir, desmerita al otro. Ese personaje que en cada reunión arranca con un “sí, pero…” para bajarle el pulso a las ideas de los demás. O el que se inventa errores ajenos para resaltar sus supuestos aciertos. Ese tipo de “estrategia” puede sonar astuta, pero deja un rastro de enemigos y un expediente más largo que fila de pasaportes.

Entonces, ¿cómo crece uno en su trabajo con dignidad, sin jalamecatear?

  1. Hable con resultados, no con halagos. En vez de estar aplaudiendo hasta el estornudo del jefe, haga su trabajo bien, entregue a tiempo y dé soluciones. El respeto se gana con hechos.

  2. Colabore sin miedo. Ayudar al compañero no le quita brillo, al contrario: lo hace ver confiable y con liderazgo natural.

  3. Aprenda a vender sus logros sin sonar a radio guarachita. Decir lo que usted hace no es jalamecateo, es visibilidad. La clave está en el tono: menos “mire qué duro soy” y más “aquí está el resultado, ¿cómo podemos mejorar?”

  4. Siembra relaciones, no favores. El que solo se acerca para buscar “su cosita” es fácil de detectar. En cambio, el que construye confianza, permanece.

La moraleja: el crecimiento laboral no es una carrera de chismes ni un concurso de risitas falsas. Es constancia, calidad, respeto y saber que la oficina no es una tarima para uno brillar solo, sino un escenario donde el equipo completo sube el telón.

Así que, mi querido lector, la próxima vez que sienta la tentación de comprarle el refresco al jefe solo para que lo mire con cariño, acuérdese: ser jalamecate da view, pero no deja legado… recuerde: ‘no es más listo el que besa más botas, sino el que hace su trabajo con cabeza’.”

¿Pensaste en alguien? Relájate, que yo solo pasaba por aquí, la culpa no es mía.

Definición.  Jalamecate: Lambón de oficio, con sonrisa incluida.

lunes, 15 de septiembre de 2025

ENEMIGOS GRATIS: ¡SOLO BRILLA!

En esta tierra donde hasta el dominó se juega con pasión y la vida se comenta en la fila del colmado, hay un fenómeno curioso: los enemigos gratis. Sí, gratis, como las muestras de jugo en pricesmart. No hay que buscarlos, ellos llegan solos. ¿La razón? Tan simple como peligrosa: brillaste.

Brillar no siempre significa andar con cadenas de oro o con un foco en la frente. A veces basta con ser trabajador, alegre, auténtico, o con tener la osadía de lograr lo que otros no se atrevieron ni a intentar. Y eso, querido lector, tiene un precio: la suscripción automática al club de los que no te soportan.

Pasos para ganarte enemigos gratis

1. Sé auténtico (el pecado original).
En un mundo donde muchos viven de apariencias, ser auténtico es un acto casi revolucionario. La autenticidad incomoda porque no tiene filtro, porque no pide permiso, porque no se disfraza para caer bien. El que es auténtico no necesita “photoshop emocional” para encajar. Y claro, eso irrita a los que viven pendientes de la aprobación ajena. Si decides reír fuerte aunque a otros les moleste, si te atreves a decir lo que piensas sin adornos innecesarios, ya levantaste ronchas. 

2. Atrévete a triunfar.
En este país, hasta sacar la licencia de conducir puede convertirse en un triunfo. Ahora imagínate terminar una carrera, emprender un negocio, viajar o lograr un cambio físico importante. Eso, en lugar de motivar a algunos, se convierte en una espina en su orgullo. ¿Por qué? Porque tu éxito evidencia su abandono, su falta de disciplina, o simplemente su miedo a intentar. Tú no hiciste nada malo: solo te esforzaste. Pero para ellos, tu logro se siente como una bofetada silenciosa. 

3. Brilla sin pedir permiso.
La alegría tiene un poder extraño: molesta. Y más si viene de alguien que, según otros, “no tiene razón para estar feliz”. Cuando decides vivir con entusiasmo, bailar aunque no haya música, reír aunque los problemas existan, se genera incomodidad. El enemigo gratis no soporta tu brillo porque le recuerda la sombra donde eligió quedarse. Para él, tu sonrisa es un desafío, tu celebración un agravio personal. La verdad es que nadie necesita dar explicaciones para disfrutar la vida. Si quieres brillar, brilla. No preguntes si puedes, porque el permiso nunca llegará. 

4. No entres al ring.
Aquí está la trampa favorita del enemigo gratis: provocarte. Quieren que te ensucies en su pleito, que respondas a sus indirectas, que devuelvas las piedras. Pero recuerda: no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. El silencio es un arma poderosa. Cuando decides no responder, dejas que la tormenta se apague sola. No entrar al ring no es cobardía, es inteligencia. Porque si peleas con alguien que vive en la oscuridad, al final ambos terminan manchados. No pierdas tu tiempo en demostrar lo que ya está claro: que brillas. ¿Y cómo se defiende una vela de la oscuridad? Encendiéndose más. Que hablen, que inventen, que ladren… mientras tú sigues avanzando, ellos se quedan discutiendo en la esquina.

Recuerda: no es contra ti, es contra ellos mismos. 

Este es el truco más grande para no volverse loco con los enemigos gratis: entender que la batalla no es contigo, es con ellos mismos. Tú solo eres el “pretexto” visible de una guerra interna que ellos ya tenían perdida.

El enemigo gratis no odia tu sonrisa, odia que la suya está apagada. No le molesta tu logro, le duele su propia renuncia. No le incomoda tu autenticidad, sino la máscara que se puso hace años y ahora no se puede quitar. En el fondo, tú eres un espejo que refleja lo que les falta, y ese reflejo les quema como el sol a las 12 del mediodía en agosto.

Lo mejor que puedes hacer es no personalizarlo. Porque si crees que de verdad es contra ti, caerás en la trampa de apagar tu luz o sentir culpa por brillar. Y no, la culpa no es tuya. El problema no es tu brillo, es su sombra.

Así que cada vez que aparezca uno de esos enemigos gratuitos, míralo como quien ve un carro viejo tocando bocina porque no puede arrancar: mucho ruido, poco avance. Tú sigue en lo tuyo, que al final no hay pleito que dure más que una conciencia en paz.

Y como diría un buen dominicano: “Si no tienes enemigos, revísate… a lo mejor es que no estás haciendo nada interesante”.

martes, 9 de septiembre de 2025

CUANDO EL PESIMISMO ANDA SUELTO Y SIN GPS

Porque si el vaso está medio lleno o medio vacío, depende de quién lo mire… y de si hay hielo.

Por: Massiel Reyes-Lecont  

En este país hay gente que nació con un talento natural: complicar lo sencillo. Son expertos en encontrarle el lado oscuro al sol y en ver el vaso medio vacío, aunque el vaso esté rebosao. Tú les das una solución y de inmediato se convierten en ingenieros de problemas.

Por ejemplo:
—“Mira, me salió una entrevista de trabajo.”
—“Ajá, y seguro ya tienen a alguien ahí, eso es de embuste.”

—“Creo que esta relación va bien.”
—“Sí… hasta que se acabe, tú verás.”

—“Me compré un carro nuevo.”
—“Felicidades… ahora prepárate pa’ los tapones y la gasolina cara.”

O aquel clásico:
—“Vamos a ahorrar entre todos y hacemos el viaje soñado.”
—“¿Y si se atrasa el vuelo? ¿Y si llueve? ¿Y si el avión se cae?”

¡Señores! Es que hay gente que le tiene alergia a la alegría. No disfrutan la brisa porque dicen que puede venir una tormenta. No comen helado porque les puede dar gripe. No sonríen en la foto porque después “la vida da mucha vuelta”.

Y uno se pregunta: ¿qué clase de ejercicio mental hacen pa’ convertir un chance de felicidad en una tragedia griega?

Lo cierto es que el pesimismo, aunque parezca un chiste, es contagioso. Se pega rápido y, si no nos cuidamos, nos amargan el café de la mañana. Pero también existe la contraparte: la gente que ve en cada lío una oportunidad. Esos son los que se mojan bajo la lluvia bailando, los que convierten un apagón en noche de dominó y los que, aunque el banco esté en número rojos, te dicen: “tranquilo, que con fe y arroz blanco siempre se resuelve”.

La vida, al final, es como un sancocho. Siempre va a tener hueso y cosas duras, pero también tiene su carne y su sazón. Depende de cada quien decidir si se queda atragantao con la yautía o si disfruta el caldito sabroso.

Así que, querido lector, la próxima vez que se le presente un problema, pregúntese bien: ¿va a ser de los que buscan la solución o de los que inventan mil excusas pa’ que nada funcione? Porque entre el pesimismo y el optimismo hay una línea más delgadita que hoja de yuca… y muchas veces solo hace falta un chin de sazón pa’ cruzarla y disfrutar del sabor de la vida.

viernes, 5 de septiembre de 2025

SINCERIDAD vs. SINCERICIDIO: ¿Decir la verdad o morirse con ella?


En esta vida, mi querido lector, uno siempre tiene que andar con cuidado con lo que sale de la boca. Porque hay una cosa muy bonita llamada sinceridad, y otra muy peligrosa llamada sincericidio. La primera te hace ver como una persona honesta, clara y hasta confiable. La segunda… bueno, la segunda te puede costar desde una amistad hasta un buen zumbón de tu jefe.

La sinceridad es como el mangú con los tres golpes: nutritiva, sabrosa y necesaria. Uno siente paz cuando dice la verdad sin malicia, sin adornos de más, pero con respeto. Ahora, el sincericidio es como ese café sin azúcar que te dan en una reunión larga: te despierta, pero a la mala.

Nosotros, los dominicanos, somos expertos en ponerle sazón a las palabras. Uno puede decir la cosa más dura, pero entre risas, con una chercha de por medio, y la gente hasta se lo goza. Ejemplo: en vez de soltar un “tú estás gordo”, lo disfrazamos con un “te tan' regalando la libra de arro'. Estás comiendo bueno”. Eso es sinceridad con gracia.

Pero cuando a alguien se le ocurre decir lo mismo en modo sincericidio —“la crema!!, pareces un pastel en hoja mal envuelto en navida'”—, ahí se acabó el coro. Y es que no es lo mismo ser sincero que ser lengüetero.

En la oficina es donde más se prueba este dilema. Tú quieres ser honesto, pero no quieres perder el empleo. Ejemplo: tu jefe te presenta un proyecto horrible, de esos que ni el PowerPoint quiere abrir, ni el ChatGPT reconoce. La sinceridad te dice: “jefe, creo que podemos pulirlo más”. El sincericidio, en cambio, te hace soltar: “con ese disparate no llegamos ni a la esquina”. Resultado: la nómina no te vuelve a ver.

Ahí es donde el sincericidio hace más estragos. Porque una cosa es ser claro con la pareja y decirle: “amor, creo que deberíamos mejorar la comunicación”. Y otra muy distinta es salir con un: “yo hablo más con mi cargador que contigo”. ¿Ves la diferencia? Una construye, la otra destruye y, de paso, te deja durmiendo en el mueble.

La sinceridad es medicina; el sincericidio es veneno. Todo está en la dosis y en la forma. Porque la verdad no mata, lo que mata es cómo uno la dispara. Así que antes de soltar un comentario, pregúntese: ¿voy a ser sincero o me voy a suicidar socialmente con esta lengua suelta?

Porque el que dice la verdad con respeto siempre abre puertas, y el que habla sin filtro… termina cerrándolas todas de golpe.


jueves, 4 de septiembre de 2025

ENTRE TÓXICOS Y VITAMINAS ¿con quién te estás juntando?

Por: Massiel Reyes-Lecont

En la vida, querido lector, hay dos especies muy particulares: las personas tóxicas y las personas vitaminas. Sí, así mismo como lo oye. Unos te suben la presión y otros te suben la vida.

Los tóxicos son como ese zumbador de mosquitos en el oído cuando estás durmiendo: no te dejan en paz. Son los que siempre tienen un “pero” para todo, los que cuando tú dices “me compré un carrito”, te sueltan: “¿y con qué dinero? Seguro está encharcao hasta que Duarte sea presidente”. ¡Dios mío, suelten banda! Todo lo ven negro y hasta la alegría más grande se les hace un drama. Los tóxicos son como esa nube que se atraviesa justo cuando ibas a tomar la mejor foto del atardecer: llegan, se plantan y arruinan la vista. 

En cambio, las personas vitaminas son otra cosa: esos son los que te empujan pa’ lante, los que te aplauden hasta cuando fríes un huevo sin romper la yema. Te dicen: “¡Dale, tú puedes!” y hasta te hacen sentir que ganaste una medalla olímpica porque lograste levantarte temprano un lunes.

En el trabajo, los tóxicos son como ese cafecito que uno pide y llega frío: nada te alegra el día. Esa coca cola que llega caliente cuando hace calor. Son los compañeros que critican todo, se quejan de cada proyecto y parecen competir pa’ ver quién arruina más el ambiente. Hasta una reunión corta se puede sentir como una novela de suspenso con ellos cerca. Pero ojo, aprender a lidiar con ellos con humor y poner distancia cuando hace falta es la clave pa’ que no te roben la motivación ni las ganas de seguir adelante.

La diferencia es evidente: los tóxicos te restan, los vitaminas te multiplican. Y no se trata solo de halagos; se trata de energía, de esas vibras que uno siente al terminar una conversación. ¿Acabaste con el ánimo por el suelo o con ganas de conquistar el mundo? Esa es la señal.

Y ojo, no es que a los tóxicos hay que odiarlos. No, porque también enseñan: te muestran lo que NO quieres ser y lo que no debes permitir en tu vida. Es como el ají picante: en poca dosis da sabor, pero si te descuidas, te arde hasta el alma.

Así que haga su inventario: Si al terminar una conversación usted siente que le pesa el cuerpo como si hubiera cargado blo' en Guachupita, ya usted sabe… ¡suelte eso! Pero si termina con energía, con ganas de bailar un merengue o ponerse creativo, entonces celebre, que está rodeado de pura vitamina.

Porque al final, querido lector, la vida es corta y no se hizo pa’ andar envenenado. Mejor póngase pa’ lo suyo y busque gente que, en vez de chuparle la energía, le dé pilas pa’ seguir soñando. No necesitamos sumar gente que nos baje el ánimo. Escoger con quién compartimos tiempo y poner distancia con los tóxicos es un acto de sabiduría… y de supervivencia social.

Así que recuerde: rodéese de personas vitamina y enfrente a los tóxicos con prudencia y buen humor. Una sonrisa estratégica frente a la negatividad, combinada con la compañía correcta, es la receta pa’ mantener la motivación, la alegría y la salud emocional. Porque la vida, se vive mejor riéndose… incluso cuando un tóxico anda cerca.


jueves, 28 de agosto de 2025

📰 LA PUYA: Patrimonio de la Nación y deporte de oficina

Por: Massiel Reyes-Lecont 

En este país nuestro, donde el plátano es verde hasta que se fríe y el calor no se negocia ni en invierno, hay una disciplina olímpica que todavía el Comité Internacional no ha reconocido: el lanzamiento de la puya. Y mire, aquí hay gente que la practica con tanta destreza que debería haber ligas profesionales, con medallas y todo.

Pero, ¿por qué la gente tira tanta puya? Sencillo: porque decir las cosas de frente requiere dos ingredientes escasos en algunos profesionales: valor y honestidad. Mucha gente prefiere la vía fácil: lanzar la indirecta y hacerse el loco. Así se sienten valientes sin correr el riesgo del cara a cara. Es como jugar dominó con fichas prestadas: mucha bulla, pero poca sustancia.

En la vida social ya estamos curados de espanto. Siempre aparece la tía que, con sonrisa de misa y lengua de cuchillo, te suelta: —“Ay, mi hija, qué bien te veo… ¡estás prosperando en libras!”. Traducción: “te tas poniendo como una yuca con mantequilla”.

El vecino tampoco se queda atrás. Te ve llegar en tu carro nuevo y comenta en voz alta, con malicia incluida: —“Qué bueno que algunos ya pueden darse sus lujos… aunque el banco sea el verdadero dueño”. Y uno, con la risa congelada, sabe que la puya no la brinca chivo.

Porque la puya en este país no se come aparte: viene incluida en el menú, justo al lado del arroz, la habichuela y la carne. Y cuidado, que a veces llena más que la misma comida.

Ahora, cuando la puya se muda al ámbito laboral, la cosa se pone interesante. El jefe que lanza indirectas en plena reunión: “Aquí hay empleados que confunden la hora de entrada con la hora de desayunar”. El colega que suelta la suya en tono de chiste: “Menos mal que algunos mandaron el informe… aunque se notó que lo hicieron con chatGPT”. Y el departamento entero se ríe nervioso, porque todos saben a quién le tocó el tablazo.

Lo curioso es que esos mismos “tiradores olímpicos de puya” suelen ser gente con títulos y maestrías colgando en la pared. Pero viendo su nivel de madurez, uno piensa: “¿Será que esos diplomas los rifaron en una tómbola junto con una batidora y un juego de sábanas?” Porque para algunos, el título no les sirvió ni para aprender a decir las cosas de manera adulta.

Y no hablemos de lo que pasa cuando se usa la palabra “bruto”. Esa sí que es mágica. Porque lo que más ofende a un bruto es que le digan bruto. Brinca, patalea y hasta te escribe un correo de tres párrafos defendiendo su “capacidad intelectual”. Pero ahí mismo uno confirma la teoría de mi abuela: “El que no es, no se ofende”.

Mientras tanto, la oficina sigue igual: un coliseo de gladiadores donde las espadas son indirectas, los escudos son sonrisas hipócritas y el público aplaude cada puyazo bien lanzado.

En conclusión, la puya dominicana es más que un chiste: es un espejo. Refleja el miedo a ser frontal, la costumbre de disfrazar la verdad y la falta de coraje para asumir lo que se piensa. Entre risas, carcajadas y hasta malestares, ahí seguimos: viviendo en un país donde nadie muere de una puya, pero más de uno queda marcado.

Y si mañana declaran la puya como deporte nacional, yo no tengo dudas: en la categoría laboral, ganamos medalla de oro.


lunes, 18 de agosto de 2025

LOS HIJOS DE DON DIA-BLO

Idea original de Jacinto… ¡y yo solo le puse el sazón!

Por: Massiel Reyes- Lecont

En este país uno ve de todo, pero nada se compara con la creatividad de cierta gente para intentar serrucharle el palo a otro. Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera es un palo que uno buscó, sino que fue pura gracia y bendición de Dios. Ahí es que da risa.

Mire el caso de José, el de la Biblia. Sus propios hermanos lo quisieron sacar del medio, lo vendieron como esclavo y pensaron que ahí terminaba todo. Y mire cómo terminó la película: siendo el segundo hombre más poderoso de Egipto. Moraleja: cuando Dios decide, no hay complot que valga.

Pero todavía, en pleno 2025, hay gente que llega a los lugares de trabajo con la misión olímpica de desmeritar al que encuentra, de ridiculizarlo, de exhibir "logros" que solo existen en su imaginación. Son tan inseguros y tan desubicados que hasta respirar al lado de ellos produce incomodidad. Y como la incoherencia no dura, al poco tiempo salen del escenario, porque lo que se edifica con falsedad no aguanta dos aguaceros seguidos.

Es una torpeza de marca mayor. Si es Dios quien posiciona a alguien (y eso uno nunca lo sabe), meterse en esa guerra es como dar trompadas al aire contra el mismo Creador. ¿Resultado? Usted cansado, frustrado y derrotado, mientras el otro sube de nivel. Y sube no por usted, sino porque el que lo colocó ahí lo puede exhibir todavía más alto.

José es un ejemplo, pero la lista es larga: David, que Saúl intentó tumbar; Salomón, que heredó un reino contra todo pronóstico; Mardoqueo, que Amán quiso colgar en la horca y terminó colgado él mismo; y ni hablar de Jesús, que fue rechazado, pero sigue siendo el nombre sobre todo nombre.

Al final, este jueguito de serruchar palos lo inventó Lucifer, que quiso desplazar al mismo Dios del cielo. De ahí que cada vez que alguien se dedica a esa práctica, solo confirma su ADN espiritual: hijo de don dia-blo.

Así que, querido lector, si usted anda en esa onda, suelte eso. Y si alguien intenta serrucharle el palo, siéntese cómodo, pida un cafecito y disfrute del espectáculo… que al final, el que tiene la última palabra es Dios.

🚧 ATERRIZAJE FORZOSO: La noche en que un desagüe cambió los planes

Por: Massiel Reyes-Lecont Lo que comenzó como un día organizado de trabajo, para posteriormente ensayar y preparar una presentación musical ...