Por: Massiel Reyes-Lecont
Lo que comenzó como un día organizado de trabajo, para posteriormente ensayar y preparar una presentación musical terminó convirtiéndose en una experiencia tan absurda como aleccionadora. La intención era llegar temprano, afinar micrófonos, coordinar detalles técnicos y estar lista con suficiente tiempo antes de cantar esa noche. Todo transcurría dentro de la normalidad... Hasta que ocurrió.
Un paso mal colocado.
Un suelo traicionero. Y de repente:
🕳️ CLAAAKKKKK. CHUCUPLUUNN!
Mi pierna desapareció parcialmente dentro de un desagüe.
No hubo tiempo de reaccionar. Un paso en falso bastó para provocar lo que solo puede describirse como un aterrizaje forzoso hacia el sistema de drenaje urbano. El accidente ocurrió tan rápido que, por algunos segundos, ni mi hermana ni yo supimos exactamente cómo reaccionar. Ahí estaba yo, atrapada entre el suelo y el limbo, parcialmente absorbida por un desagüe como si la ciudad hubiese decidido reclamarme temporalmente e intentando comprender cómo había pasado de prepararme para cantar a convertirme, involuntariamente, en víctima de la infraestructura callejera.
El episodio habría sido simplemente vergonzoso si no hubiese incluido un elemento adicional: aguas negras.
Sí. La experiencia fue completa.
Sin embargo, impulsada probablemente por la adrenalina y la necesidad de continuar con la actividad prevista, la reacción inmediata fue seguir adelante. Después del golpe, aún sin haber asimilado completamente lo sucedido, me ayudaron a limpiarme, me cambié de ropa, sustituí los zapatos pues quedaron prácticamente destruidos y continué rumbo a la presentación.
Y canté.
Esa noche logré cumplir con el compromiso, aunque el cuerpo todavía no había emitido el reporte oficial de daños. La verdadera factura llegó al día siguiente.
Entonces aparecieron las consecuencias reales del accidente: fuertes contusiones entre rodilla, tobillo, pie y pierna, acompañadas de dolor intenso y una inmovilización obligatoria por varias semanas. Lo que en el momento pareció un susto controlable terminó convirtiéndose en un descanso impuesto por el propio cuerpo.
El verdadero milagro de esta historia no fue únicamente salir del desagüe sin consecuencias graves. También fue que no había público, que no terminé gravemente lesionada y que hoy puedo contarlo entre risas.
La experiencia deja una reflexión inevitable sobre el ritmo acelerado con el que muchas personas viven diariamente. Entre compromisos, trabajo, responsabilidades y actividades, se vuelve común ignorar el cansancio físico y mental, convencidos de que siempre hay algo más urgente por resolver.
Hasta que algo obliga a detenerse.
Aunque hoy la historia provoca risa —especialmente al recordar el zapato destruido, el desconcierto inicial y la extraña capacidad humana de seguir funcionando después de un accidente—, también sirve como recordatorio de que el cuerpo tiene límites y eventualmente encuentra la manera de reclamarnos pausa.
Actualmente, la recuperación avanza entre reposo obligatorio, movilidad reducida y el desarrollo de una desconfianza profunda hacia cualquier tapa metálica en las calles. Ahora camino observando el suelo con la concentración de un inspector de obras públicas.
Porque después de una experiencia así, uno aprende dos cosas fundamentales: a mirar mejor por dónde camina y a entender que incluso los aterrizajes más absurdos pueden traer consigo una lección necesaria.
Y na', cada vez que recuerdo la escena, lo que más risa me da no es la caída.
Es escuchar nuevamente la voz seria de mi hermana diciendo:
— “Oh, oh… hermana, ¿y qué pasó?”



